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Espejito, espejito, puede alguien ser más
linda que Louise Brooks, casi noventa años después de haberse tomado esta foto.
Cada foto suya la muestra más linda, persistirá siempre en ser
irremediablemente bella entre las más preciosas. Es un rostro que perdura por
su encanto universal, es Pandora, es una chica perdida, una bailarina que puede
ser reina, en su rol de estrella del cine mudo, en Hollywood o en Europa, tiene
el rostro insuperable y es increíble, su fama terminó porque se terminó y de
allí como si fuera un suspiro que nadie escucha es el olvido y solamente le
quedó vivir trabajando de nada que llamará la atención y entre ello de
vendedora de una tienda por almacenes en New York, para subsistir y queda su
autobiografía, sus películas y sus fotos, que la rescatan del olvido perpetuo,
en el que se creyó que había llegado cuando vivió el ocaso de una de las diosas
del cine mudo, nadie la recuerda, nadie sabe quien es y a nadie le importa que
fue de su vida, en el momento preciso en que se le apagaron los reflectores. A cambio
de ello, mientras se ame a las mujeres preciosas, le pertenece a Louise Brooks
la eternidad.
